jueves, 6 de junio de 2013

Olga Orozco

Relámpagos de lo invisible (antología)
Olga Orozco
Edit. FDE, 1998.





Imagina una brisa suave y fresca. Una brisa que mueve tu cabello y hace que tus ojos se entrecierren como en un suspiro.
Imagina ahora un viento que trae hojas y tierra y no te deja ver.
Imagina ahora un huracán que te golpea fuerte en el pecho y te hace temblar. Te desestabiliza y cambia tu destino inexorablemente.
Piensa ahora en lo que trae ese viento: tierra y frío, suciedad y olvido, recuerdo y nostalgia, amor y ternura. Piensa que ese viento te trae una vida amable y también un miedo profundo.
Es un viento renovador. Es un viento aterrador. Es un viento perfecto.
¿Lo sientes? Ese viento es la poesía. Ese viento es Olga Orozco.

      Olga Orozco nació en Toay, La Pampa, en 1920. Vivió allí y en Bahía Blanca y en Buenos Aires. Se recibió en la UBA de maestra en Filosofía y Letras. Fue esposa, periodista y  poeta; y murió en 1999. Escribió 13 libros de poesía y se publicaron al menos 5 antologías de su obra. Olga es mi amiga aunque no nos hayamos conocido. Es mi amiga porque me entiende, porque me escribe, porque me dice.

      Entre sus principales temas está (y la cito): la búsqueda de dios, ampliar las posibilidades del Yo, acechar más allá de lo previsible o lo inmediato; la justica, la libertad, la memoria, el amor y la muerte. Uno de sus libros se llama justamente Las muertes (1952) y allí nos presenta poemas a hombres y mujeres ejemplares, de muertes perfectas, los intocables, dice, porque ya no están.

“He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,
Lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la piel del lagarto,
Inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna lágrima:
Arena sin pisadas en todas las memorias.
Son los muertos sin flores. (…)”
Las muertes

      Olga recorrió su yo, su cuerpo, cada fragmento de su composición y lo hizo poesía. Tomó contacto con su parte más carnal y miró sus ojos, su piel, su perfume. Lo hizo libro. En  Museo salvaje (1974) escribe:

“Este cuerpo tan denso con que clausuro todas las salidas,
Este saco de sombras cosido a mis dos alas
No me impide pasar hasta el fondo de mí:
Una noche cerrada donde vienen a dar todos los espejismos de la noche,
Unas aguas absortas donde moja sus pies la esfinge de otro mundo. (…)”
Lamento de Jonás

       Podríamos recorrer incansablemente toda su obra, no nos alcanzarían las horas ni las páginas. Olga es inabarcable pero vale la pena el intento.  Su escritura es profunda y nos suplica una atención especial. No se lee ni rápida ni livianamente, es preciso poner el cuerpo, porque Olga habla de la vida y de la muerte, del amor y de la soledad. Y ya sabemos que hay que comprometerse con la vida, si no perdemos el tiempo.

Les dejo  uno de los poemas que más me gusta. Ojalá lo  disfruten.

PARA HACER UN TALISMÁN en De los juegos peligrosos. 1962

Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca
y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías
y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo,
antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.

Si sobrevive aún,
si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley,
más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra;
puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!

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