El viejo y el mar
Ernest Hemingway
Un hombre puede ser destruido,
pero nunca derrotado
¿Qué pasa en la cabeza y en el corazón
de un pescador que no pesca? ¿Qué sucede con esas manos que no tocan pez
alguno? ¿Es aún un pescador? ¿Un hombre sigue viviendo si eso que espera y
busca y necesita no llega?
“Tal vez yo no
debiera ser pescador, pero para eso he nacido”
Santiago es un pescador ya anciano que
hace 84 días que no pesca. Siente que
esa ausencia, que ese anzuelo vacío le cuesta su dignidad. Teme que se
pierda todo respecto por él y sufre por ser el pescador que no pesca. Por eso decide partir a la mar, entrar al
mundo acuático para salir de allí únicamente con un pez en su embarcación.
Debía volver como pescador o no volver. Era un viaje, un propósito, una excusa
y un ultimátum. Era su vida la que se embarcaba. “El viejo y el mar” es la historia simple de un
hombre, de sus recuerdos y de la vida. Para este hombre la mar (como lo llama)
es un hogar eterno, es el lugar donde él es.
“Decía siempre la mar. Así es
como dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal
de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer (…) pero el viejo lo
concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía
o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no
podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer”
Como si fuera un destino irrefutable
Santiago captura su ansiado pez, es un pez enorme, bello y complejo, un poco
como su vida. Un pez que se niega a ser atrapado y lucha con todas sus fuerzas.
Finalmente logra apresarlo, pero en medio del camino de regreso se cruza con
tiburones feroces y hambrientos. ¿Podrá con ellos también? ¿Llegará a la costa
con su trofeo?
“entonces empezó a sentir lástima por el gran pez.
Que había enganchado. Es maravilloso y extraño, y quién sabe qué edad tendrá,
pensó. Jamás he cogido un pez tan fuerte, ni que se comportara de un modo tan
extraño… no puede saber que no hay más que un hombre contra él ni que este
hombre es un anciano…me pregunto si tendrá algún plan o si estará, como yo, en
la desesperación”
Cuentan que ese pescador existió y que
Hemingway lo conoció en un bar en Cuba. Estaba allí escribiendo una crónica
para el diario que trabajaba, crónica que terminó siendo esta novela. Ese bar
tiene una mesa que aún hoy está siempre reservada para Ernest Hemingway.
Esta
novela me gusta porque no ostenta, porque cuenta la historia de un hombre que
se enfrenta con su destino. Un hombre común, un anciano que ha pasado toda su
vida siendo un pescador, que no sabe o no quiere o no puede ser otra cosa. Que
su vida está en el bote y en las historias que comparte en el bar con los otros
pescadores. Pero sobre todo es un hombre que mira al pasado sin resignación ni
pesimismo, pero si con una nostalgia romántica que hace que su vida se mueva al
ritmo del mar.
“El
mar es dulce y hermoso. Pero puede ser cruel, y se encoleriza tan súbitamente
que esos pájaros que vuelan picando y cazando, con sus tristes vocecillas, son
demasiado delicados para la mar”
Más allá de
la historia y la magnífica manera en la que Hemingway nos la relata, este libro
es muy especial porque cautivó a mi madre, tanto que lo leyó completo. Y fue
una felicidad. Ante mi insistente “lee algo mamá” o “dale, llevate este libro
que te va a gustar” fue este viejo pescador el que logró seducirla. Ella
siempre me pregunta ¿por qué queres que lea? Y yo
siempre le respondo: para ser feliz.
“Después empezó a soñar con la
larga playa amarilla y vio el primero de los leones que descendían a ella al
anochecer. Y luego vinieron los otros leones. Y él apoyó la barbilla sobre la
madera de la proa del barco que allí estaba fondeando sintiendo la vespertina
brisa de tierra y esperando a ver si venían más leones Y era feliz”
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