miércoles, 30 de octubre de 2013

el viejo y el mar

El viejo y el mar

Ernest Hemingway




Un hombre puede ser destruido,
pero nunca derrotado














¿Qué pasa en la cabeza y en el corazón de un pescador que no pesca? ¿Qué sucede con esas manos que no tocan pez alguno? ¿Es aún un pescador? ¿Un hombre sigue viviendo si eso que espera y busca y necesita no llega?

“Tal vez yo no debiera ser pescador, pero para eso he nacido”

Santiago es un pescador ya anciano que hace 84 días que no pesca. Siente que  esa ausencia, que ese anzuelo vacío le cuesta su dignidad. Teme que se pierda todo respecto por él y sufre por ser el pescador que no pesca.  Por eso decide partir a la mar, entrar al mundo acuático para salir de allí únicamente con un pez en su embarcación. Debía volver como pescador o no volver. Era un viaje, un propósito, una excusa y un ultimátum. Era su vida la que se embarcaba.  “El viejo y el mar” es la historia simple de un hombre, de sus recuerdos y de la vida. Para este hombre la mar (como lo llama) es un hogar eterno, es el lugar donde él es.


“Decía siempre la mar. Así es como dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer (…) pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer”


Como si fuera un destino irrefutable Santiago captura su ansiado pez, es un pez enorme, bello y complejo, un poco como su vida. Un pez que se niega a ser atrapado y lucha con todas sus fuerzas. Finalmente logra apresarlo, pero en medio del camino de regreso se cruza con tiburones feroces y hambrientos. ¿Podrá con ellos también? ¿Llegará a la costa con su trofeo?

entonces empezó a sentir lástima por el gran pez. Que había enganchado. Es maravilloso y extraño, y quién sabe qué edad tendrá, pensó. Jamás he cogido un pez tan fuerte, ni que se comportara de un modo tan extraño… no puede saber que no hay más que un hombre contra él ni que este hombre es un anciano…me pregunto si tendrá algún plan o si estará, como yo, en la desesperación”

          Cuentan que ese pescador existió y que Hemingway lo conoció en un bar en Cuba. Estaba allí escribiendo una crónica para el diario que trabajaba, crónica que terminó siendo esta novela. Ese bar tiene una mesa que aún hoy está siempre reservada para Ernest Hemingway.

Esta novela me gusta porque no ostenta, porque cuenta la historia de un hombre que se enfrenta con su destino. Un hombre común, un anciano que ha pasado toda su vida siendo un pescador, que no sabe o no quiere o no puede ser otra cosa. Que su vida está en el bote y en las historias que comparte en el bar con los otros pescadores. Pero sobre todo es un hombre que mira al pasado sin resignación ni pesimismo, pero si con una nostalgia romántica que hace que su vida se mueva al ritmo del mar.
“El mar es dulce y hermoso. Pero puede ser cruel, y se encoleriza tan súbitamente que esos pájaros que vuelan picando y cazando, con sus tristes vocecillas, son demasiado delicados para la mar


Más allá de la historia y la magnífica manera en la que Hemingway nos la relata, este libro es muy especial porque cautivó a mi madre, tanto que lo leyó completo. Y fue una felicidad. Ante mi insistente “lee algo mamá” o “dale, llevate este libro que te va a gustar” fue este viejo pescador el que logró seducirla. Ella siempre me pregunta ¿por qué queres que lea?  Y  yo siempre le respondo: para ser feliz.


Después empezó a soñar con la larga playa amarilla y vio el primero de los leones que descendían a ella al anochecer. Y luego vinieron los otros leones. Y él apoyó la barbilla sobre la madera de la proa del barco que allí estaba fondeando sintiendo la vespertina brisa de tierra y esperando a ver si venían más leones  Y era feliz

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