miércoles, 4 de septiembre de 2013

El Lector

El Lector
Bernhard Schlink
Anagrama - 2000

Cada mujer contiene un secreto:
un acento, un gesto, un silencio.
Antoine De Saint Exupery

















      Todos tenemos nuestros secretos, nuestra historia silenciada o al menos algún detalle o anécdota de nuestra vida que preferimos guardar. También es cierto que hay secretos más terribles que otros y que guardan historias atroces o temerosas. Algunos han robado mandarinas del vecino o algún caramelo en el kiosco del barrio, pero otros han difamado, han destruido o quitado alguna vida.
Michael Berg es un joven de 15 años que camino a su casa se descompone fuertemente, pide ayuda y una mujer llamada Hanna Schmitz le ofrece ayuda y lo lleva a su casa, lo limpia y se segura que regrese en buenas condiciones. Una vez recuperado Michael vuelve a la casa de la mujer a agradecerle su gesto.  Comienza entre ellos una historia pasional, Hanna es 21 años mayor y le enseña los secretos del cuerpo de una mujer a cambio de una sola cosa: que él le lea, algunos libros que comparten son La Odisea y La dama del perrito de Chéjov. Los reúne el sexo y los libros, se crea entre ellos un vínculo complejo en donde se mezcla el amor, el deseo, los silencios y el temor.

    La novela está dividida en tres partes, todas narradas por el joven. Cada una hace referencia a un momento del pasado que compartió de alguna manera con Hanna. En un primer momento se relatan los encuentros, los diálogos, las lecturas y el amor que parece nacer entre ellos. De alguna forma Michael es quien la busca con más deseo y urgencia, Hanna por su parte mantiene siempre una distancia, lo hace a través de los silencios y enojos. Por momentos los encuentros sexuales son para Hanna secundarios respecto de la lectura.

     La segunda parte encuentra a Michael estudiando leyes en otra ciudad. Uno de sus profesores invita a él y otros compañeros a presenciar un juicio a varias mujeres que habían participado del genocidio nazi, y allí la ve después de 7 años y siente que el mundo se derrumba ante sus imposibilitados brazos. ¿Por qué está allí? ¿Es esa mujer la misma con la que pasó tardes haciendo el amor y leyendo? ¿Lo reconocerá? ¿Hizo aquello de lo que la acusan? ¿Puede una misma persona ser el amor y el odio?

“¿Por qué lo que fue hermoso, cuando miramos atrás, se nos vuelve quebradizo al saber que  ocultaba verdades amargas?”

   La tercer parte nos la cuenta un Michael adulto, ya se ha casado, divorciado y tiene una hija de la misma edad que él tenía cuando conoció a Hanna. Y en esta última parte del libro se encuentran nuevamente pero no ya como adolescente y mujer, sino como adulto y anciana. ¿Quedó algo de esa pasión? ¿Aquel juicio habrá cambiado sus vidas? ¿Los habrá alejado o unido para siempre? ¿Le seguirá leyendo? no lo diré, habrá que leerlo: Vale la pena!

“Había encontrado a Hanna sentada en un banco, y era una vieja. Tenía aspecto de vieja y olía a vieja. Pero no me había fijado en su voz. Su voz seguía siendo joven”

   Es un libro atrapante, de esos que comienzas y es difícil dejar. Nos regala una historia de amor por momentos inocentes y en otros un tanto oscura. La historia mundial se mezcla con la personal. Habla de las personas que nos resultan inolvidables, de los errores del pasado, de los amores perdidos, pero fundamentalmente habla de la importancia de la palabra: de tomarla, hacerla propia, de tener una voz y hacerse escuchar. El amor que los ha unido  no estuvo tanto en los besos y caricias sino en las páginas que pasaban una a una y les permitían amarse en mil idiomas.



“¿Me enamoré de ella como premio por haber accedido a acostarse conmigo? Todavía hoy, cuando he pasado la noche con una mujer, tengo siempre la sensación de haber recibido un regalo excepcional y me siento obligado a corresponder a tanto mimo haciendo un esfuerzo por querer a la mujer y por plantarle cara al mundo




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