martes, 23 de septiembre de 2014

Una Historia Sencilla (pero no tanto)

Leila Guerriero

Una historia sencilla
Anagrama – 2013







“Cuando me despedí, tenía claro que la historia de Rodolfo era la historia de un hombre en el que se había agitado el más peligroso de los sentimientos: la esperanza”















Llegué a este libro por curiosidad obligada, mi hermana Agu lo dejó olvidado en mi casa y no pude con la tentación de saber de que trataría un libro que tiene a un gaucho en su tapa y contaba una historia sencilla. No pude dejarlo, me hipnotizo, me cautivo, me fascino.

Leila Guerriero es periodista y en enero de 2011 viajó a Laborde, pueblo al sudeste de la provincia de Córdoba, para contar una historia poco conocida para muchos y fundamental para otros. Desde 1966 cada año en el mes de enero se realiza en ese pueblo una competencia de baile folclórico, el malambo.  La mayoría de los participantes provienen de familias muy humildes y realizan muchos sacrificios durante el año para bailar 5 minutos en el escenario. ¿Por qué es tan importante esta competencia y a la vez tan desconocida? ¿Qué se pone en juego en ese baile además del prestigio? ¿Qué es ese pacto de los ganadores que dice por lo bajo que quien se corona campeón ya no puede competir ni allí ni en ningún otro lado? Una especie de pacto que en el momento de inicio marca el final.  Leila hace gigante a una historia pequeña, hace magia con sus palabras porque nos deja sin aliento al finalizar cada párrafo.


“Lo primero que se escucha es el rasgueo de una guitarra, tristes como las últimas tardes del verano. El hombre que va a bailar lleva una chaqueta de pana negra, chaleco rojo. El cribo blanco le baña las pantorrillas como una lluvia cremosa y, en vez de chiripá, usa un pantalón oscuro, ceñido. Es rubio, de barba crecida. Camina hasta el centro del escenario, se detiene y, con un movimiento que parece brotar desde los huesos, acaricia el piso con la punta, con el talón, con el costado, un goteo de golpes precisos, una trama de sonidos perfectos. Envuelto en la tensión que precede al ataque de un lobo, aumenta poco a poco la velocidad hasta que sus pies son dos animales que rompen, muelen, quiebran, despedazan, trituran, matan y, finalmente, golpean el escenario como un choque de trenes y, bañado en sudor, se detiene, duro como una cuerda de cristal purpúrea y trágica. Después, saluda con una reverencia y se va”

El libro es una crónica de ese viaje al Festival, que si bien comienza de manera general presenta un quiebre cuando ve a uno de los competidores en el escenario: Rodolfo González Alcántara. En una de las noches del festival, el viernes, lo ve bailar y “lo que veo me deja muda”, un joven de 28 años que parece un gigante de fuego en el escenario, va a verlo a los camarines (pequeños, incómodos, improvisados) y conoce a un hombre simple pero profundo que cambiará la visión de esta historia. Rodolfo  es de Santa Rosa pero vive en Buenos Aires y trabaja de profesor de danzas entre otras changas.  Tiene mucho en común con el resto de los bailarines: provienen de familias pobres, trabajan todo el año para pagar las clases de danza y entrenar, todos sueñan con ser los campeones de Laborde, porque ese festival es único. Tal vez por eso cuando uno lo gana es campeón para siempre y se abren las puertas para entrenar a nuevos jóvenes y comenzar a soñar con una vida menos pobre, menos hostil.

La historia cuenta ese festival en el que González Alcántara debe ganar porque si no, siente que ha desperdiciado la última oportunidad, allí están los familiares que pudieron pagar el pasaje para ir, su mujer y Tonchi, su gran amigo. También está Leila, que es parte de Laborde y del Malambo. Su lugar de testigo por momentos se desvanece y se hace parte, especialmente cuando comienza le malambo, cuando los pies de Rodolfo suenan en el escenario y el trabajo de todo un año y toda una  vida se ponen en juego. Allí se hace mucho más que bailar el malambo, se dice: aquí estoy, soy la tierra, yo puedo y quiero, yo soy.  La crónica nos hace emocionar con historias personales increíbles, nos muestra un mundo desconocido (al menos para mí) y nos llena de intriga y suspenso. Leila Guerriero es mágica, nos secuestra con sus palabras, y es un secuestro dulce.


“un hombre común con unos padres comunes luchando por tener una vida mejor en circunstancias de pobreza común o, en todo caso, no más extraordinaria que la de muchas familias pobres. ¿Nos interesa leer historias de la gente como Rodolfo? ¿Gente que cree que la familia es algo bueno, que la bondad y Dios existen? ¿Nos interesa la pobreza cuando no es miseria extrema, cuando no rima con violencia, cuando está exenta de la brutalidad con la que nos gusta verla – leerla – revestida?”


Busquen este pequeño tesoro y sientan el malambo cerca porque a veces las grandes historias son las cotidianas, las que pasan tan cerca nuestro que no las vemos. Por suerte hombres y mujeres como Leila miran, ven, se detienen y cuentan…




“Ésta es la historia de un hombre que participó en una competencia de baile”

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